La semana de noviembre en que se batieron casi todos los records en Nueva York muestra el interés de los coleccionistas por hacerse con obras de calidad indiscutible casi al precio que sea. Publicado por Daniel Díaz el 19 de diciembre de 2012.

Como escribimos en nuestro artículo anterior, el día 13 de noviembre, en su licitación de arte de postguerra y contemporáneo, Sotheby’s Nueva York obtuvo los mejores resultados de su historia, 375.149.000 dólares (295.530.209 euros; 236.329.217 libras), con nada menos que ocho nuevos records mundiales (leer). Al día siguiente, Christie’s Nueva York en su respectiva evening sale de Post-War and Contemporary Art superó con creces los cuatrocientos millones, obteniendo esta vez el mejor resultado de esta categoría de toda su historia, 412.253.100 dólares (259.719.453 libras; 321.557.418 euros), y estableciendo también ocho nuevos records mundiales, con once piezas vendidas por encima de los diez millones de dólares, 16 por encima de los cinco, y 56 por más de un millón.
Los datos son, ciertamente, abrumadores. Y parece interesante preguntarse la razón de ser de estos hechos que, de alguna forma, hablan de una alegría como de épocas pasadas, de antes de la crisis…
Indudablemente, la calidad de las obras que se presentaban a pujas era de un nivel inusual. Lo cual lleva a pensar que muchos coleccionistas se animaron a sacar a la venta sus mejores piezas intuyendo en estos nuevos tiempos una confianza que parecía que, tras la crisis del mercado financiero, se había perdido; en cambio, los hechos han mostrado no sólo que no se ha perdido sino que, dado que este mercado es cada vez más global, parece que se ha afianzado con una seguridad aplastante, casi insultante.
Efectivamente, da la sensación de que los coleccionistas han decidido invertir con todas sus fuerzas (y consecuencias) en el arte del siglo XX, americano en su mayoría, buscando en su fuerte inversión unos beneficios que probablemente no obtienen en otros productos. Y es que, como es bien sabido, a mayor riesgo, mayor posibilidad de revalorización. Sólo el tiempo nos dirá si ha sido acertada o no la compra; sin embargo, ya sabemos que si durante ese espacio de tiempo se sigue alimentando y se sigue comprando este tipo de piezas en precios similares, el resultado será el esperado: sólo hay que hacer que otros coleccionistas entren en el mismo juego y crean en el valor de estos artistas.
Esto es lo que se ha hecho en los últimos años en el arte de postguerra (no hay más que ver los resultados obtenidos en las subastas) y es lo que se está haciendo cada vez con más fuerza con el arte contemporáneo. En este sentido, el paradigmático caso de Damien Hirst es ya conocido, pero no deja de ser asombroso que una obra de Mark Grotjahn (1968) como
Untitled (Red Butterfly II Yellow MARK GROTJAHN P-08 752), de 2008 (O/L, 184,5 x 138,4 cm) alcanzase un precio final de 4.170.000 dólares en Christie’s Nueva York el 14 de noviembre pasado, más del doble de la estimación más baja, y con él su nuevo récord. Quizá sean más lógicos, dada su potente trayectoria, los 4.226.500 dólares (3.313.966 euros) pagados en Sotheby’s Nueva York el día anterior por
The castel of Tin Tin, 1998 (O/L, 300 x 300 cm) del japonés Takashi Murakami (1962), precio récord del artista para su pintura…
En lo que se refiere al arte de postguerra hay un interés sobresaliente por parte de los coleccionistas por hacerse con las mejores piezas que aún permanecen en manos privadas, pagando incluso cifras astronómicas. Y es lógico, dentro de las cifras de las que hablamos, cuando se ha demostrado su valía, la importancia de su pintura, su influencia en otros ámbitos y artistas, etc. Lo que hace que se valore es, a fin de cuentas, la producción de toda una vida, una calidad que se mantiene firme, y pasados los años, muchas veces tras la muerte del artista, se ve con claridad su importancia.
Y en esos momentos, los que en los años 50 y 60 compraron obras de estos artistas, obtienen con su venta una revalorización espectacular y se dan por bien pagados. Y así, a los vendedores les interesa su venta en estos momentos; y a los compradores también, incluso a un alto precio, porque aportan o completan así su colección y también porque en el futuro valdrán más aún.
Pero el peligro que tiene este juego con el arte no de postguerra sino contemporáneo es que tenemos estas obras demasiado cerca de nuestros ojos, sin espacio para observar las cosas con un mínimo de perspectiva. Y es entonces cuando pueden mandar (y de hecho mandan) el marketing y los medios de comunicación, y se puede confundir (y se confunde de hecho) calidad con fama… Ya se sabe, el que no arriesga, no gana. Y lo que el mercado busca son ganancias espectaculares, grandes titulares, aunque los riesgos sean también enormes (y por tanto, también las pérdidas en determinados casos).
Y este, la posible revalorización, es el motivo –aunque no el único- del enorme interés que disfruta el arte más contemporáneo y que hace que se lleguen a pagar cifras por encima de la lógica; porque el arte, globalizado, ha sido engullido por el mercado, con sus reglas propias de producción, publicidad, seducción y venta.
Se compra en estos casos, repito de intento, pensando en el valor de futuro y aunque se pague un precio alto porque se recuperará al obtener un beneficio mayor. Lo curioso de todo esto es que no se compra por la calidad demostrada –como ocurría con los artistas del siglo pasado e incluso los modernos y de postguerra- sino por el futuro valor. Es un juego peligroso, sobre todo cuando se habla de cantidades de doscientos mil, medio millón o cuatro millones de dólares. Y para mantener la cotización es muy importante conseguir que los críticos, curadores y galeristas alaben al artista y sigan así animando a los coleccionistas a invertir en este o en otro artista, manteniendo los precios. ¡Hay demasiados dólares en juego como para que alguien diga que el rey va desnudo!
Publicado por Daniel Díaz el 19 de diciembre de 2012.