La Documenta de Kassel, el “museo de los 100 días”, acaba de abrir sus puertas después de cinco años de ansiosa espera para los amantes del arte. Coincidiendo con la Bienal de Venecia (celebrada cada dos años) y el Projecto de Escultura de Munster (cada diez), este conjunto de eventos ha sido ya denominado como el Grand Tour del año.
KRISTIAN LEAHY
Hasta el 23 de septiembre la pequeña ciudad del norte de Alemania reúne más de 500 obras de
113 artistas, reunidas por el comisario alemán Roger Buergel. A primera vista pocos de los elegidos están realmente consagrados o demandados por el mercado, llamando la atención que no haya sido convocado (por un alemán) ninguno de los jóvenes y célebres pintores germanos (Rauch, Daniel Richter, etc.). Y es realmente extraña la elección del cocinero Adriá para este evento. Quizás no sea más que una metáfora de Buergel en la que parezca decirnos que los que quieran ver arte “puro” (lo que él denomina bare life), descontaminado del mercado –por ahora-,
que se acerquen a Kassel y los que quieran consumir “arte” que vayan a El Bulli o a una feria.
Sea o no así, está claro que Buergel busca un conjunto de obras de arte globales, tanto espacial como temporalmente que, liberadas de una firma o un estilo que afecte a una crítica objetiva, ayuden al espectador a entender un nuevo horizonte plástico basado en la migración de formas, a un regreso al futuro del arte. En este sentido destaca la exposición de obras de los fallecidos Oteiza, Agnes Martin y McCracken, modernos pero no por ello antiguos (lema de la documenta), para enfrentarlos a artistas jóvenes.
Buergel también se atreve a reunir de un modo estructuralista, pintura flamenca del siglo XVII con las últimas tendencias pictóricas en el Castillo Wilhelmshole, o presentar a modo de instalación o acción anacrónica, objetos decorativos de todas las épocas
o valiosas miniaturas persas del siglo XIV junto con piezas de reciente creación. Otro acierto -que no deja de ser arriesgado por el purismo actual expositivo-, ha sido el de pintar los muros del Fridericianum de colores brillantes, a la manera de los espacios expositivos del siglo XIX, consiguiendo dar una apariencia de clásicos a las piezas más actuales dispuestas allí.
Los espacios expositivos de la Documenta de este año se amplían a seis, incluyendo el nuevo pabellón temporal Aue y el castillo.
En el interior, en un despliegue expositivo un poco caótico, la pintura, la escultura y la instalación desbancan al vídeo, protagonizado esta vez por James Coleman. Por citar algunas piezas, es difícil cuando hay más de 500, está el campo de amapolas (que ya plantado, empieza a germinar) de Ivekovic, que se refiere tanto a los caídos en la guerra del Golfo como a la producción de opio de Afganistán; y dentro de los pabellones otras referencias bélicas, destac
ando la jirafa del zoo de Cisjordania -que murió tras un bombardeo y fue disecada por Peter Friedl-, las piezas neobarrocas de Dávila o Kulik, los preciosos lienzos de Gerard Richter, Dierck Schmidt, los originales vídeos interactivos de Farocki, la instalación de Cosima von Bonin o las fabulosas piezas de Oteiza, “uno de los mejores artistas del siglo XX” en palabras de Buergel.
Y mucho más por ver en una Documenta que será inolvidable para los que la visiten por sus múltiples lecturas, inteligentes anacronismos y enfrentamientos entre épocas y estilos, reunidas finalmente con acierto para disfrute del espectador. La Documenta de Buergel pasará a la historia
como un verdadero museo de los 100 días. Lástima que no permanezca para siempre.
3 ESPAÑOLES EN LA DOCUMENTA:
Esta edición de la Documenta es más española que nunca: Iñigo Manglano-Ovalle, uno de nuestros compatriotas más reconocidos en el extranjero presenta en la Documenta Halle dos obras tituladas Phantom Truck y The Radio. La primera muestra una reconstrucción de un laboratorio móvil iraquí que Powell presentó como alegato
de que Irak poseía armas de destrucción masiva. El segundo de los artistas es Ibón Aranberri, que muestra en la Neue Gallery una instalación de fotografías, Política hidráulica, sobre vistas de pantanos desde el aire, y Exercises on the nord side que muestra su habitual trabajo de imágenes de terrenos montañosos. Por último, de Jorge Oteiza podemos disfrutar de unas 20 esculturas.