La exposición del pintor holandés es una de las importantes ofertas culturales, unida a la arquitectónica formada por un conjunto increíble de edificios contemporáneos como los de la fundación Beyeler, Vitra o los de Herzog & De Meuron.

Apenas es una pequeña ciudad helvética de doscientos mil habitantes, pero su enclave privilegiado –de frontera con Francia y Alemania- y la fuerza del comercio han hecho de ella desde la segunda mitad del siglo pasado una de las paradas obligadas
en Suiza.
La cita anual más importante para el mercado del arte contemporáneo se produce en el mes de junio en esta localidad. Es la conocida feria de Art Basel, donde las más prestigiosas galerías del mundo se encuentran y ofertan las últimas y mejores creaciones para los clientes más exclusivos. Es cita obligada, sin duda.
La presente convocatoria, en cambio, es para un público más amplio y menos instruido en los lenguajes deconstruidos y posmodernos del arte actual. “Van Gogh: entre la tierra y el cielo”, inaugurada el pasado domingo, estará presente en el Kunstmuseum de Basilea hasta el próximo día 27 de septiembre. La muestra ofrece un panorámico recorrido del pintor holandés a lo largo de los 70 cuadros expuestos, comenzando desde sus años en Nuenen entre 1883 y 1885, su llegada a París y la influencia del impresionismo, su paso por
Arlés o el hospital de Saint-Remy hasta finalizar en Auvers-sur-Oise, donde el 27 de julio de 1890 se pegó un tiro.
Si la actual exposición del Museo Van Gogh de Ámsterdam está dedicada a los paisajes nocturnos, la presente se centra exclusivamente en los diurnos y puede, por tanto, ser un buen complemento. No hay, es cierto, grandes sorpresas ni iluminadores descubrimientos, y quizá se eche un poco en falta una tesis que muestre su filiación con los paisajistas de Barbizon, con Millet, Daubigny o Corot, o su diferente percepción respecto a Gauguin o Degas. Pero, el sucesivo avance de las salas muestra un Van Gogh que evoluciona lentamente hasta descubrir París; un artista entusiasmado con la naturaleza
, que pinta sin descanso y con la fuerza de una paleta que abandona los tonos oscuros y terrosos y nace al color: la Vista desde mi estudio de la primavera de 1887, de Bruno Bischofberger, es un buen botón de muestra.
La vida no es sencilla a veces: “El que vive sinceramente y encuentra penas verdaderas y desilusiones, y no se deja abatir por ellas, vale más que el que tiene siempre el viento de popa y que sólo conoce una prosperidad relativa”, escribía a su hermano Theo. Y así, su pincelada comienza a retorcerse y su paleta busca colores fríos en un intento de plasmar su lucha. Dos ejemplos soberbios de ello, y únicamente por verlos ya merece la pena la visita, son Los olivos del MOMA y
Cipreses del Metropolitan.
Su paso por el hospital de Saint-Remy y su posterior retiro en Auvers a partir del 20 de mayo están abundantemente documentados. Y si en mayo pinta más las casas del pueblo, en junio se vuelve a los campos de trigo de amplio horizonte y fuerte colorido. “Son inmensas extensiones de trigales bajo cielos turbulentos y no he tenido que forzarme para tratar de expresar la tristeza, la soledad extrema”, escribió. Para captar su infinitud recurre a un nuevo formato, muy alargado (50 x 100 cm), y realiza trece conocidas obras -la muestra recoge cuatro de gran calidad, entre los que destacan Granjas cerca de Auvers, de la Tate de Londres, y Jardín de Daubigny, del propio Kunstmuseum de Basilea-.
Pero ya es tarde, y el atormentado Van Gogh pone fin a sus días dejando una huella imborrable que ha tardado años en ser reconocida por el gran público. Las abundantes visitas a esta exposición serán una buena muestra de ello.
Pero la pintura no lo es todo en Basilea
La ciudad destaca, además, por sus abundantes edificios contemporáneos diseñados por los más reconocidos arquitectos.
Si para la sede de fundación Vitra han construido edificios Frank Gehry, Tado Ando -ambos, sus primeros edificios en Europa-, el portugués Álvaro Siza o la iraní Zaha Zadid, no debemos olvidar que los Herzog & De Meuron nacieron en esta pequeña ciudad y desde aquí asombraron al mundo con sus creaciones como el Rehab o los edificios para Ricola. Sin embargo, su consagración definitiva llegó con la Signal Box.
Pero si además busca una buena colección de arte, su lugar perfecto será la fundación
Beyeler: el sobrio y limpio edificio de Renzo Piano alberga una asombrosa colección con fantásticas obras de Mark Rothko, como su vibrante Blue and grey de 1962 o la sala integrada por tres piezas de grandes dimensiones que se imponen al espectador (Red, orange, de 1968; 64 S/T, de 1960; y Red, brown, black, green, de 1962); el conocido Nº 5 de 1948 de Jackson Pollock, con una presencia del color plata que atempera la cargada composición, y magníficas piezas de Picasso, Leger o Miró, entre otros. Verdaderamente imprescindible.
Publicado por Daniel Díaz en La Gaceta de los Negocios el miércoles 29 de abril de 2009.
