La excelente muestra comisariada por Robert Storr destaca por el regreso de la pintura, la temática sobre los conflictos bélicos, y la llamada a una mirada pausada y reflexiva de lo que es hoy el arte contemporáneo
KRISTIAN LEAHY
La Bienal de Venecia acaba de abrir sus puertas al público y supone la primera cita del grand tour contemporáneo de este año, que celebra cuatro grandes eventos: la Bienal, la feria de Basilea, la Documenta de Kassel y el Skulptur Project de Munster.
Este año la bienal, que se prolonga hasta el 21 de noviembre, ha sido comisariada por el norteamericano Robert Storr, director del departamento de arte de la Universidad de Yale. El título de la muestra, Piensa con los sentidos, siente con la mente, aunque parezca un lema
ambiguo y gratuito es indicativo de la manera de percibir el misterio del arte, alejado ahora de teorías predeterminadas o corrientes de pensamiento estético.
Como puede percibirse en la Bienal, cada obra de arte del presente supone un complejo entramado que debe ser leído como enigma continuo que es y no como solución de un problema lógico visual, ya que habla en definitiva del hombre, y éste ya es un misterio para sí mismo. La creación actual se ha desvinculado de un porqué y un cómo; es decir, se ha desprendido de las teorías propias de la modernidad y sobre todo de los manierismos de la posmodernidad, para concentrarse en proporcionar un modelo de múltiples lecturas y debates.
En los trabajos
de los artistas presentes se respira un individualismo creativo más consolidado –desvinculado de tendencias y liberado de un estilo personal propio- y dispuesto al diálogo de pensamiento con el espectador. Como asegura Storr, la recepción hacia la obra de arte, incluso del pasado, debe superar ya las dicotomías de pensamiento occidentales.
Todo ello se traduce en esta edición número 52 de la Bienal de una manera digerible y pausada para el espectador, a pesar del gran número de artistas elegidos, casi cien, el número de trabajos y la longitud del espacio expositivo. Pero eso es uno de sus mayores aciertos.
La exposición se desarrolla en dos sedes principales: el Arsenale y el Pabellón Italia. En la visita al Arsenale llama la atención cómo casi la mitad de los artistas tratan de alguna manera en su obra los conflictos bélicos que sufrimos en el mundo. En todo caso, el asunto no llega a ser políticamente incorrecto en ningún momento como ha ocurrido en otras bienales (la Whitney de Nueva York, por ejemplo). Para bien o para mal, este año no nos encontramos con nuevos
“niños terribles” o provocadores, lo que se agradece y hace la visita más acogedora y libre de sobresaltos gratuitos.
Destacan en el Arsenale las dos salas que abren y cierran este largo edificio: las instalaciones de Luca Buvoli y los Kavakov, todo un trabajo en torno a las utopías del siglo XX. Estos extremos amparan a todo un encadenamiento de trabajos en los que se relata de manera gráfica los desastres de la guerra: Mori, Leonilson, Ferrari, Ohanian, Emily Prince, Solakov, Jacir, etc. En este pabellón destaca además la gran calidad de los cinco capítulos del vídeo Seven Intellectuals in Bamboo Forest de Yang Fudong, dispuestos en cinco habitaciones que nos vamos encontrando conforme recorremos los pabellones, y las magníficas
obras de West, Kuitka, Aballí, Alÿs, Parreno y Rhoades.
En el Pabellón Italia de los Giardini nos encontramos con las mejores piezas, sobresaliendo las magníficas pinturas de Rothenberg, pintora que en los años setenta sentó las bases de la New Image Painting, estilo que está influyendo mucho en pintores jóvenes como Peter Doig o Daniel Richter. También destacan los Ryman, Nozkowski, Kelly, Polke y las pinturas del desconocido Izamu Kato. La sala de homenaje a los artistas fallecidos recientemente, elevada de los otros habitáculos, supone uno de los momentos más emocionantes del recorrido. Al subir nos acoge un espacio con un delicado mural de Lewitt y en el centro una entrada cerrada por una cortina de cuentas doradas de González-Torres que nos introduce en una sala en la que pinturas de Kippenberger, obras de Chen Zhen y un
magnífico trabajo de González-Torres realizado con espejos destacan entre otros. Bajando a las otras salas podemos disfrutar de obras de Bourgeois, Nauman, Murray, Pettibon, un soberbio trabajo del español Aballí y descubrimientos en la obra de jóvenes como Joshua Mosley o Tabaimo.
Muchos de los pabellones nacionales están más cuidados que en años anteriores, por la calidad de los nombres y de las obras. Destacaría el pabellón español, por la poética de las piezas y la elaboración del proyecto comisarido por Ruiz de Samaniego, y los de Holanda -con Aernout Mik-, Inglaterra –con Tracey Emin, llamando la atención la fragilidad que evoca la agresividad de su obra-, Croacia –con Ivana Franke y sus espectaculares
obras sobre la luz y el espacio-, Argentina -con las inéditas y magníficas pinturas de Kuitka-, y el pabellón africano con dos cuadros de Barceló.
Respecto a las exposiciones colaterales destaca sobre todas la celebrada en el Palazzo Fortuny que está generando muchas colas por su concepto expositivo original; se titula Artempo. When Time becomes Art (sólo ver esta exposición merece el viaje a Venecia) y supone toda una original puesta en escena de enfrentar obras de arte contemporáneo de grandes artistas con piezas de la antigüedad y con objetos de extravagantes gabinetes de curiosidades, demostrando que no hay tantas diferencias entre unas épocas y otras: todo en el arte queda unido en el tiempo.
Otras exposiciones que no pueden perderse son la muestra Barney/Beuys en el Peggy Guggenheim, la retrospectiva de Enzo Cucchi en el Museo Civico Correr, la instalación inédita de vídeo de Bill Viola (otra obra maestra del genial artista) en la iglesia de San Gallo, y la muestra Sequence One en el Palazzo Grassi. En resumen, una cita que los amantes del arte contemporáneo no pueden perderse bajo ningún concepto.